top of page

Versión en construcción

  • Foto del escritor: Ram Barreda
    Ram Barreda
  • hace 1 día
  • 3 min de lectura

Hoy me acordé de ese fondo de dolor en el que estuve.


Y no como quien quiere castigarse por el pasado, sino como quien necesita acordarse de dónde viene para no volver a perderse en los mismos lugares. Porque a veces, cuando las cosas empiezan a acomodarse, uno se confía. Se le olvida el frío, se le olvida la soledad, se le olvida esa desesperación cabrona de no saber qué hacer con tu propia vida.


Y yo no quiero olvidar.


No quiero olvidar a las personas que perdí, ni a las versiones de mí que también se quedaron en el camino, ni lo mucho que me dolió convertirme en alguien que ya ni reconocía. Porque ese recuerdo, aunque pesa, también me sostiene. Es mi base, mi advertencia, mi forma de recordarme: “no regreses ahí”.


Ha sido un viaje largo. Largo de verdad.


Y aunque me encantaría decir que ya me encontré por completo, la neta no. Sigo en el intento. Sigo tratando de volver a mí, de entenderme, de perdonarme, de sentirme cómodo con el que soy hoy. Hay días en que avanzo… y hay días en que siento que sigo parado en el mismo lugar, viendo cómo la vida pasa mientras yo trato de acomodar todo lo que traigo adentro.


Me cuesta conectar con la gente. Me cuesta abrirme, confiar, no ponerme la armadura apenas siento que alguien se puede ir. Me cuesta aceptar que no todo vínculo está hecho para quedarse, y que no toda persona que llega tiene que ocupar un lugar permanente en mi vida.


Pero también creo que por algo pasan las cosas.


Y hoy, aunque suene raro, estoy agradecido. Por lo vivido, por lo sufrido, por lo que se rompió y por lo que todavía estoy tratando de reconstruir. No porque haya sido fácil ni porque ande romantizando el dolor, sino porque entendí que muchas veces la vida te rompe justo donde más necesitabas despertar.


Y este fin de semana fue mucho de eso: reflexión, silencio, verme con honestidad.


También fue un recordatorio de valorarme. De dejar de perseguir. De dejar de insistir donde ya me demostraron que no quieren estar. De dejar de hacerme chiquito para que alguien más esté cómodo con mi presencia. De dejar de negociar mi paz por un poco de atención. De dejar de andar atrás de personas que, siendo honestos, si quisieran estar, ya estarían.


Hoy entiendo algo que me costó sangre, sudor y lágrimas: quien quiere estar, está. Y quien no, no.


Y no lo digo desde el orgullo. Ni desde el berrinche. Ni desde esa pose bien falsa de “a mí nadie me importa”. Porque sí me importa. Siento un chingo. Me duelen las cosas. Me cuesta soltar, me cuesta no imaginarme escenarios que a lo mejor solo existen en mi cabeza. Pero ya no puedo seguir perdiéndome por personas que quizá ni se detienen a pensar en mí.


Esta versión de mí no salió de la nada.


Me costó noches enteras de ansiedad. Me costó caídas. Me costó tragarme verdades bien incómodas. Me costó mirar de frente mis vicios, mis defectos, mis egoísmos, mis vacíos. Me costó perder personas. Me costó perderme a mí. Me costó tocar fondo y entender que, si no cambiaba, iba a seguir destruyendo todo lo que decía amar.


Por eso hoy no me puedo regalar como si no valiera.


No puedo andar rogando que alguien vea lo que soy. No puedo estar convenciendo a nadie de que se quede. No puedo seguir poniendo mi valor en manos de gente que entra y sale de mi vida como si yo fuera una sala de espera.


Las puertas están abiertas, sí. Pero ya no para que cualquiera entre y haga lo que quiera. Están abiertas para quien quiera estar de verdad. Para quien entienda que atrás de esta versión hay una historia, hay dolor, hay lucha, hay proceso, hay una persona intentando hacerlo mejor aunque a veces ni sepa cómo. Y también están abiertas para que se vaya quien se tenga que ir.


Eso también es amor propio: dejar de retener.


Hoy siento que tengo que volver a comprometerme conmigo. Volver a elegirme. Volver a quererme, hasta en los días en que ni yo me entiendo. Volver a Dios. Volver a mi centro. Volver a esas promesas que me hice cuando estaba roto y le pedí a la vida una oportunidad para hacerlo distinto.


Porque esto apenas empieza.


No soy la versión final de nada. Soy una versión en construcción. Una versión prestada por la vida, por Dios, por el proceso, por todo lo que me sostuvo cuando yo ya no sabía ni cómo sostenerme.


Y tal vez con eso basta por hoy.


Acordarme de dónde vengo. Agradecer que ya no estoy ahí. Y prometerme, una vez más, que no me voy a volver a abandonar.

 
 
 

Entradas recientes

Ver todo
Acordarme de mi fondo de dolor

Hay algo bien raro con los momentos buenos. Toda la vida nos enseñan a disfrutarlos, a agradecerlos, a descansar tantito… y está bien. Pero nadie te avisa de la trampa que traen: te hacen olvidar. Últ

 
 
 
Cicatrices y anclas

Hay una soledad que no tiene que ver con cuánta gente tienes alrededor. Es más silenciosa… más rara… más pesada. Hoy escuché a alguien decir que se sentía sola, incluso rodeada de personas, y no pude

 
 
 
Vivir tachando la lista

Es muy cabrón cómo me cuesta trabajo enfocarme en el presente. Puedo estar haciendo algo importante, algo que yo mismo busqué y que en teoría debería de emocionarme… pero mi cabeza está en otro lado.

 
 
 

Comentarios


bottom of page