Uno nunca va a estar al cien
- Ram Barreda

- 23 dic 2025
- 2 Min. de lectura
No porque no haga lo posible, ni porque no me observe, ni porque no quiera que esta vez sí funcione. A veces el problema no es la falta de intención, sino la carga con la que uno llega. La vida no te espera a que estés listo; simplemente pasa y te va dejando cosas encima.
Personas que no se fueron del todo y que siguen apareciendo en momentos raros. Conversaciones que nunca cerraron y que regresan cuando menos las esperas. Versiones tuyas que todavía te duelen cuando aparecen sin avisar, sobre todo aquellas de las que te arrepientes un poco.
Mensajes que nunca enviaste porque no supiste cómo decir lo que sentías. Palabras que dijiste mal, tarde o desde el miedo. Decisiones que tomaste con lo que sabías en ese momento y que hoy, con otros ojos, habrías hecho distinto. Momentos en los que te quedaste cuando ya querías irte, y otros en los que te fuiste cuando en realidad lo único que querías era quedarte.
Hay recuerdos que no arden, no lastiman de forma directa, pero pesan. No por lo que pasó, sino por lo que no hiciste, por lo que no supiste, por la persona que eras entonces. No se van, no desaparecen; solo se acomodan en algún lugar de ti.
Aprendes a vivir con todo eso dentro. No a borrarlo, no a explicarlo, no a justificarte todo el tiempo. Solo a seguir respirando sin que te rompa por completo.
Hay heridas que no se “cierran” como uno quisiera. Aprendes a no tocarlas tan fuerte, a no provocarlas sin necesidad. Hay vacíos que no se llenan; aprendes a caminar con ellos sin que te frenen, sin que definan cada paso.
Durante mucho tiempo pensé que tenía que resolver todo eso antes de volver a amar. Que primero tenía que estar en paz, seguro, sin miedo, sin pasado. Como si existiera una versión perfecta de mí, sin errores ni arrepentimientos.
Pero eso no pasa.
Nadie entra a una relación limpio. Entramos con historias, con defensas, con errores que todavía nos pesan y con la intención —honesta, aunque torpe— de hacerlo mejor. Entramos con ganas y con miedo al mismo tiempo.
Esperar estar al cien para amar no es madurez emocional. Es miedo. Miedo a volver a equivocarse, miedo a necesitar, miedo a que alguien vea lo que aún no está resuelto y decida no quedarse.
Y con el trabajo pasa algo parecido. Con ese puesto nuevo, con ese cambio que sabes que te va a exigir más de lo que hoy tienes. Si esperas sentirte completamente listo, simplemente no pasa. La oportunidad no espera a que sanes todo.
La mayoría de las cosas importantes no llegan cuando te sientes listo. Llegan cuando te atreves, aun con dudas, aun con arrepentimientos, aun sabiendo que no eres la mejor versión de ti mismo.
No estoy al cien. Tampoco estoy roto. Estoy aquí, con lo que fui, con lo que aprendí tarde, con lo que hoy entiendo mejor.
Y a veces, aunque dé miedo decirlo en voz alta, eso es suficiente.


Comentarios