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Cicatrices y anclas

Foto del escritor: Ram Barreda
Ram Barreda
6 abr
2 min de lectura

Hay una soledad que no tiene que ver con cuánta gente tienes alrededor. Es más silenciosa… más rara… más pesada. Hoy escuché a alguien decir que se sentía sola, incluso rodeada de personas, y no pude evitar regresarme a ese lugar donde yo también estuve. Ese punto donde estás, pero no estás. Donde convives, hablas, sonríes… pero por dentro todo está apagado. Yo sé lo que es eso. Sé lo que es despertarte sin ganas. Sentir que cada día pesa. No encontrarle sentido a nada. Trabajar… ¿para qué? Relaciones… las perdí por decisiones tontas, por no saber estar bien conmigo. Amigos… lejísimos. Y al final, te das cuenta que el mundo puede estar lleno… y aún así sentirte completamente vacío. En mi peor momento, si soy honesto, lo único que tenía era a mi mamá, a mi Kaiser y a una persona que fue clave para que no me soltara por completo. Esa persona fue mi ancla cuando yo ya me estaba hundiendo. Y hay cosas que uno nunca termina de agradecer lo suficiente. Me tomó tiempo entender que no puedo construir un futuro sólido si sigo odiando al hombre que fui en la tormenta. Tuve que perdonarme por no saber cómo manejar el dolor. Tuve que abrazar mis errores para que dejaran de ser fantasmas y se convirtieran en lecciones. La gente que hoy me conoce no se imagina ese lado. No se imaginan lo que es pelear todos los días con tu propia cabeza. Con pensamientos que te consumen. Con esa sensación de que no quieres estar. Pero también sé algo hoy: Sí se puede salir de ahí. No es rápido. No es fácil. No es bonito. Elegir estar bien es una decisión diaria. Elegir no escaparte. Elegir no sabotearte. Elegir tener valores cuando sería más fácil no tenerlos. Elegir la vida cuando hay días que no se siente tan clara. Hoy elijo creer en Dios. Hoy elijo serme fiel. Hoy elijo quedarme. Y algo bien loco pasa cuando haces eso… poco a poco todo empieza a acomodarse. Lo que antes no tenía sentido, empieza a tenerlo. Lo que dolía, empieza a sanar. Lo que parecía vacío… empieza a llenarse. No de golpe. Pero sí de verdad. Y hoy entiendo algo más: Todo se va arreglando… no a mis tiempos, sino a los tiempos de Dios. Entiendo que Dios me va a mandar todo cuando esté listo. Pero estar listo no significa ser perfecto. Significa estar en paz con el proceso. Entender que el vacío no era un castigo, sino el espacio que se estaba limpiando para lo que viene. Por eso sigo todos los días trabajando en mí. En ser una mejor persona. Más humilde. Más amable. Convertirme en el tipo de persona que puede atraer el tipo de mujer que quiero en mi vida. Porque al final… no se trata solo de lo que quieres que llegue, sino de quién eres cuando llegue.

 
 
 

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