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Solo por hoy

Foto del escritor: Ram Barreda
Ram Barreda
1 jul
4 min de lectura

Hay días en que despertar no es despertar. Es abrir los ojos y encontrarte la cabeza ya prendida, güey. Ya andaba trabajando desde antes que yo. No me espera a que me siente, a que respire tantito, a que me tome el primer café. Nada. Ya está ahí, dándole vueltas a algo, inventándome un problema, recordándome una cosa que dije hace tres años, o adelantándome una que ni ha pasado. Y así, sin permiso, arranca el día.

Vivir con una cabeza complicada es eso. Es cargar todo el tiempo con una voz que no se calla. Y no es cualquier voz, ¿eh? Es una que te conoce bien, la neta. Sabe exactamente dónde apretar, sabe tus miedos con nombre y apellido, sabe qué decirte para que te sientas la peor persona del mundo en cuestión de segundos. Y ahí andas, todo el día, con la ansiedad de fondo, con los pensamientos intrusivos que se meten sin tocar, con esas ganas rarísimas de cagarla nomás porque sí. De destruir algo. De no estar presente. De sabotearte antes de que la vida te dé chance de que algo salga bien, porque en el fondo una parte de ti no cree merecerlo.

Y lo que más me caga, la neta, es darme cuenta de que muchos de esos patrones ya los había roto. O sea, ya le había ganado. Ya había hecho el trabajo, ya había sudado esa lucha. Y un día, sin avisar, regresan. Pero no regresan iguales, ¿no? Regresan disfrazados. Con otra cara, con otro nombre, en otra relación, en otra situación, en otra manera de lastimarme. Y ahí es cuando dices: ah, cabrón. Creías que ya habías soltado algo y resulta que nomás lo cambiaste de cajón. Lo escondiste mejor. Eso es de lo más pesado de todo esto: que a veces el enemigo no es nuevo, es el mismo de siempre nomás con otra máscara.

Yo empecé a lidiar de frente con esto hace tiempo. Y no fue bonito. No fue ese momento de peli donde de repente entiendes todo y suena la música. Fue feo. Fue empezar a ver la cabeza tal cual es, sin adornos. Pero también fue empezar a ver otra cosa que me costó todavía más aceptar: el ego. La soberbia. Esa parte mía que se creía que podía con todo solita, que no necesitaba a nadie, que ella controlaba. Que si apretaba más fuerte, si me esforzaba más, si lo hacía yo, iba a salir. Y no. La neta que no. Uno acaba aprendiendo, a la mala casi siempre, que esos pensamientos hay que procesarlos y dejarlos ir. Punto. No pelearte con ellos, no obedecerlos tampoco. Procesarlos y soltarlos.

Y eso suena bien fácil cuando lo lees. Lo lees en un libro, lo escuchas en un audio, lo dices en voz alta y hasta te lo crees. “Procesa y suelta.” Ajá. Qué bonito.

Lo que nadie te cuenta es el ratito ese. El tiempo exacto que hay entre que llega el pensamiento y que se va. Ese pedacito. Porque en ese pedacito el pensamiento todavía está adentro, todavía te está mordiendo, y tú todavía no lo puedes soltar porque apenas lo estás masticando. Ahí. Ahí es donde duele. Y cómo duele, güey. Cómo duele muchas veces ser así. Cómo duele el autosabotaje, el saber que a veces tú eres tu propio peor enemigo y aun así tener que quedarte despierto, consciente, aguantando la vara, sabiendo de dónde viene el golpe porque te lo estás dando tú mismo.

Por eso me agarro de algo bien sencillo, casi tonto de lo simple que es: solo por hoy.

No mañana. No “voy a ser una persona nueva el resto de mi vida a partir de este lunes”. No. Eso ni yo me lo creo. Solo por hoy. Solo por hoy me toca aguantarme. Solo por hoy me toca no hacer esa llamada, no mandar ese mensaje, no abrir esa puerta que ya sé perfectamente a dónde me regresa porque ya la he abierto mil veces. Solo por hoy me toca quedarme quieto y recordar que todo es pasajero. Que el pensamiento se va a ir aunque ahorita se sienta eterno, aunque ahorita te jure que va a durar para siempre. Que la sensación no es la verdad. Que sentirlo no lo hace real.

Y luego viene la parte más difícil de todas, al menos para mí: soltarlo. Confiar en Dios y soltarlo todo. Y te juro que para alguien como yo, que viene de querer controlar cada pieza del tablero, eso es casi antinatural. Porque soltar se siente como perder. Se siente como rendirte. Pero no es eso. Me ha costado años entenderlo y todavía se me olvida cada rato: soltar no es rendirte. Soltar es dejar de pelear con algo que no se gana a fuerza de apretar. Hay cosas que entre más las agarras, más te lastiman. Y confiar es abrir la mano aunque te tiemble.

Hay otra cosa que me sostiene los días que ni el “solo por hoy” alcanza. Y es la memoria. Acordarme. Acordarme de todo lo que hice, de todo lo que fui, de todo lo que me costó llegar exactamente a este presente, a este momento, a estar aquí escribiendo esto en lugar de estar en cualquiera de los otros lugares donde pude haber terminado. Porque yo no llegué aquí de gratis, ¿no? Nadie que ande cargando una cabeza así llega de gratis a ningún lado. Cada día que sigo aquí, presente, sin haberla cagado, es un día que peleé en silencio. Y eso, aunque nadie lo vea, aunque nadie te aplauda, no es poca cosa. Es un chingo, la verdad.

No les voy a decir que es fácil, porque les estaría mintiendo, y este blog no es para eso. No lo es. Es pesado. Es cansado. Es trabajo diario del que no tiene aplauso ni cierre ni medalla ni foto para subir. Es levantarte y volver a empezar de cero aunque ayer ya la hayas librado igual, porque el que la hayas librado ayer no te compra nada para hoy. Cada día se paga en efectivo.

Pero lo hago.

Hoy lo hago.

Y con eso, por hoy, es suficiente. Mañana veremos. Mañana ya será otro hoy.

 
 
 

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