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Reflexión

Foto del escritor: Ram Barreda
Ram Barreda
28 jul
3 min de lectura

Tengo una cabeza que corre. Eso ya lo sé, aunque se me olvide cada rato. Corre para adelante, arma escenas, escribe finales antes de que arranque la película. Y lo peor es que se los cree. Se cree la versión ideal, la versión catastrófica, la versión donde ya todo está resuelto o donde ya todo se echó a perder. Y mientras tanto yo, el real, el que está aquí sentado, me pierdo lo único que sí está pasando.

Calmar la mente no es apagarla. Ojalá fuera un switch. Es más bien dejar de creerle todo lo que dice. Es escucharla como escuchas a alguien que exagera: con cariño, pero sin comprarle la novela. Mi cabeza me dice “esto se tiene que definir ya”, “esto va a salir mal”, “esto es la señal”, “esto es pa’ siempre”. Y yo tengo que aprender a contestarle: gracias por avisar, pero hoy no. Hoy no voy a decidir el resto de mi vida por lo que sentí en los últimos cinco minutos.

Aterrizar es acordarme de lo concreto. No lo que podría ser, no lo que me gustaría que fuera, no lo que me da miedo que se vuelva. Lo que es. Lo que hay. Los hechos, pelones, sin adornos y sin tragedias. Porque cuando idealizo, invento a alguien que no existe, y luego me decepciono cuando la persona real no le atina a mi invento. Y cuando catastrofizo hago lo mismo pero al revés. Los dos son mentira. Los dos me sacan de aquí.

Y aquí es donde tengo que ser honesto conmigo. No idealizar también es ponerme en los zapatos del otro. Porque cuando idealizo, dejo de ver a la persona y empiezo a ver lo que yo quiero que sea. Le exijo cosas que ni sabe que le estoy exigiendo. Le mido con una vara que yo inventé en mi cabeza. Y eso no es amor, ni es cariño, ni es interés real. Eso es egoísmo disfrazado de ilusión. La empatía es bajarle dos rayitas a mi película y preguntarme qué está viviendo el otro, qué trae cargando, qué le da miedo, a qué ritmo puede ir. Porque el otro también es una persona, no un personaje de mi historia. Y merece que lo vea como es, no como me conviene que sea. Cuando me pongo en sus zapatos, me doy cuenta que muchas de las cosas que me tomo personal no tienen nada que ver conmigo. Y que muchas de las prisas que traigo, el otro ni las pidió.

Un día a la vez no es frase de taza de café. Es técnica de supervivencia. Porque el día lo puedo con esto. El mes no. El año no. Los “y si en diciembre”, “y si el año que viene”, “y si nunca”, tampoco. Pero hoy sí. Hoy me puedo levantar, hacer lo que me toca, ser honesto con lo que siento, tratar bien a la gente que tengo enfrente, y acostarme sabiendo que hice lo que pude con las horas que tuve. Mañana es otro día y mañana vemos. Pero hoy es hoy.

Querer comerme todo de un jalón es de donde vienen casi todos mis tropiezos. Querer que la relación ya esté definida, que el proyecto ya esté cerrado, que la persona ya me diga qué siente, que la vida ya me entregue el paquete completo con moño. Y no funciona así. Nunca ha funcionado así. Las cosas buenas se cocinan a fuego lento y yo llevo años queriéndole subir a la flama para que ya esté. Y lo único que consigo es quemarlas.

Hay algo humilde en aceptar que no controlo el ritmo. Que puedo poner de mi parte, claro, pero que hay un tempo que no me pertenece. Ese tempo es de Dios, de la vida, como le quieras decir. Y mi chamba no es apurarlo. Mi chamba es estar presente cuando llegue.

Solo por hoy no adelanto, no idealizo, no me como el pastel completo. Hoy le doy una mordida, la mastico, la disfruto, y confío en que mañana habrá otra.

 
 
 

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