Conexiones editadas
- Ram Barreda

- hace 17 horas
- 2 min de lectura
Después de un buen rato bloqueado, volví a abrirme. Y no fue de la noche a la mañana. Fueron dos años de lecciones, de caídas, de arrepentimientos. De verme al espejo y no gustarme lo que veía, y aun así quedarme ahí, aguantando la mirada hasta entender qué tenía que trabajar. Tocar fondo para poder levantarme. Hoy soy quien soy precisamente por eso.
Entonces ahora que vuelvo a conectar, lo hago distinto.
Son pocas las personas que me interesan. Pero cuando una me interesa, me lanzo sin medida. No sé hacerlo a medias. Y justo por eso me choca tanto el juego de hoy: ese de las atenciones fugaces, donde parece que las conexiones son infinitas.
Las redes te venden esa mentira bien bonita: que siempre hay alguien más. Que tienes veinticinco mil opciones nuevas y diferentes a un clic de distancia. Y entonces nadie se queda el tiempo suficiente, porque todos andan con un ojo puesto en “el que sigue”. Tenemos conexiones editadas mientras cada día tenemos conexiones más limitadas. Likes, a ver quién te lleva al mejor restaurante, a ver quién es la mejor opción. Como si la persona que hoy te está dando su tiempo valiera menos que la fantasía de la que todavía no llega.
Conectar de verdad no está fácil, güey. Conectar desde los valores, desde los principios, desde lo que sientes. Eso pide presencia. Y la presencia escasea justo porque todos preferimos lo superficial.
Y luego el otro juego: el de hacerse el interesante. Te contesto hoy pero mañana ya no. Estoy hoy contigo al cien, pero mañana te enfrías porque “le gustaste demasiado”. Ese juego ya me aburre. Ya no me llena. Ya no lo busco. Sinceramente, a mis planes de vida ya no les cabe seguir en el relajo, en el desmadre. Hoy me quiero tomar la vida en serio.
Y tomármela en serio incluye algo que todavía me cuesta: darme mi lugar. Dejar de rodar, dejar de cajearme, dejar de andar dando explicaciones a personas que ya decidieron no entender. No me tengo que justificar. Me costó demasiado convertirme en alguien que vale la pena como para regalarlo en juegos que ya no me representan.
Porque sí, esto del 2026 está complicado. No saber con cuántas personas estás compitiendo. Que de repente la que te interesaba ya tiene novio, o volvió con su ex, y entonces tú dónde quedas. La falta de empatía de esta sociedad está pegando durísimo. A todos.
Pero aquí va lo único que de verdad controlo: mi claridad no depende de que el otro la entienda. Mis estándares, mi lugar, mi “ya no quiero perder el tiempo” — eso es mío. Lo demás, el quién sí, el quién ya no, el quién volvió con su ex, no está en mis manos. Y la paz está justo ahí: en soltar lo que no controlo y quedarme firme en lo que sí.
No estoy para ser una opción más. No vine a competir con veinticinco mil personas por un lugar que ni siquiera quiero si me lo dan a medias.
Confío en que los tiempos de Dios son perfectos. No me pierdo en relaciones pasajeras. Estoy aquí para algo real. Sin prisa, pero con claridad total.
El que se quede, que se quede por eso.
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