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Hay personas que llegan y te mueven todo. Y hay otras que llegan y, por primera vez, todo se acomoda.
Hoy cumplo cuatro meses de estarla conociendo. Cuatro meses de salir, de platicar, de descubrirnos. Y la neta, nunca había estado así en mi vida.
Estoy enamorado. Muy enamorado. Pero no de la forma en que lo estuve antes, con prisa, con ansiedad, con miedo a que se acabara. Esta vez es distinto. Estoy consciente de quién es ella, de lo que es, de lo que trae. Y estoy consciente de quién soy yo hoy.
Cada vez que la veo a la cara, me pierdo en sus ojos. Me enamoran, me encantan. Me dan una tranquilidad que no sé explicar y, al mismo tiempo, me ponen nerviosísimo. Las dos cosas a la vez. Así de bonito es.
Es la primera vez que me pasa algo así: puedo pasar cuatro días seguidos con ella, veinticuatro horas, y aun así siento que me falta tiempo a su lado. Disfruto tanto su presencia, me gusta tanto estar con ella, que ni yo me lo creo.
Después de todo lo que viví, de verdad pensé que ya no iba a poder. Que no me iba a volver a enamorar. Que no iba a volver a querer a alguien así.
Y hoy no solo estoy queriendo otra vez. Estoy queriendo mejor que nunca.
Creo que la diferencia es esa: hoy sé dónde estamos cada uno y hacia dónde queremos ir. Ya no me interesa perder el tiempo. Tampoco quiero que ella lo pierda. Quiero que los dos seamos conscientes de lo que estamos construyendo y de lo que podemos llegar a ser como pareja.
Y por primera vez, me ilusiona sin miedo imaginar un futuro. Imaginar todo lo que puede pasar entre nosotros. Imaginar que ella puede ser la persona con la que me case.
Qué bonito es coincidir con alguien que te da paz. Alguien con quien sientes que todo está bien.
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