top of page

Aprender a mirarme completo

  • Foto del escritor: Ram Barreda
    Ram Barreda
  • 24 nov 2025
  • 4 Min. de lectura

Durante el último año he tenido la oportunidad —y la valentía— de trabajar de forma consciente en mí. En mi recuperación como persona, en mi recuperación espiritual, en volver a conectar con Dios después de mucho tiempo de sentirme desconectado.

Hace un año vivía una vida ausente. Estaba, pero no estaba. Caminaba con el piloto automático encendido. No disfrutaba a mis papás ni a la gente que más quiero. Me victimizaba, me enojaba, me aislaba. Y sí, estaba peleado con Dios porque era más fácil culpar a lo externo que hacerme responsable.

Un día dije basta.Decidí dejar de ser la víctima y tomar la vida por los cuernos. Decidí hacerme cargo de mí.

Hoy, conociéndome, estoy aprendiendo a amarme. A quererme con mis defectos, mis sombras y mis heridas. Entendí que para amarte al 100% tienes que aprender a mirarte completo: lo bonito, lo roto, lo que te da orgullo y lo que te incomoda. Aceptarlo, perdonarlo e integrarlo. Solo así puedes amar tu reflejo sin mentirte.

Porque si te quieres a medias, cualquier cariño “superior” se siente enorme, aunque no llegue ni a la mitad de lo que vales. Cuando te conoces de verdad, cuando te abrazas entero, sabes reconocer lo que mereces. Y desde ahí aprendes también a amar mejor, porque no puedes ofrecer grandeza desde la carencia.

Este año trabajé en eso: en ser una mejor versión de mí, en soltar culpas viejas, en hacerme responsable de lo que sí depende de mí.

Y aunque claro que sigo deseando una pareja algún día, hoy lo vivo desde un lugar distinto. Antes buscaba compañía para no enfrentarme a mí mismo; hoy disfruto mi soledad, mi soltería, mi espacio. Ya no me urge llenar nada. Y si un día salgo de esta etapa, será porque conocí a alguien increíble, alguien con quien sumar, no alguien detrás de quien esconderme.

También me permito algo que antes evitaba: conocer y dejarme conocer. Valorar y respetar desde el primer día, sin dar por sentado a nadie, sin repetir patrones que ya no me representan. Hoy busco construir desde mi esencia, no desde la máscara con la que antes intentaba encajar.

Parte de este proceso ha sido reconciliarme con mis versiones pasadas. Todas. No solo la que estoy orgulloso de mostrar, sino también el yo que se equivocó, que huyó, que se rompió. Ellos también merecen volver a casa.

Y desde ese lugar, hoy agradezco. No desde la perfección ni desde la pose, sino desde la verdad. Estoy agradecido con la vida, con mi familia, con mi trabajo, con las personas que se quedaron y con las que ya no están. Agradecido por el proceso entero: por lo que me dolió, por lo que me quebró, por lo que me obligó a detenerme. Sin ese fondo de dolor, hoy no sería quien soy. Ese fondo me obligó a despertar, a buscar ayuda, a regresar a mí y a Dios. Agradecer no es negar lo que me dolió; es reconocer que incluso ahí hubo algo que me sostuvo y me trajo hasta este punto.

Sanar es lento. Y sobre todo, sanar no es lineal. Hay días en los que me siento invencible y días en los que pienso “¿neta sigo aquí?”. Días donde todo fluye y días donde todo pesa. Pero entendí que si Dios acelerara mi proceso, yo no aprendería nada. El crecimiento necesita tiempo, silencio, tropiezos, paciencia y mucha honestidad conmigo mismo.

Y algo que me sostiene cuando se pone difícil es recordar que he sobrevivido absolutamente todos mis días malos. Todos. Incluso aquellos que pensé que no iba a superar. Esa memoria es la que hoy me da fe: fe en mí, en mi proceso, en Dios y en lo que todavía no veo. Lo que se fuerza se rompe; lo que se acompaña, florece.

La soledad me enseñó cosas que el ruido nunca me permitió ver. Me enseñó a escucharme, a notar qué deseo realmente, qué me molesta, qué me falta, qué necesito. Me enseñó a dejar de mendigar cariño y a reconocer que mi paz vale más que cualquier compañía. Por eso hoy lo que elijo, lo elijo desde la abundancia, no desde la carencia.

Mi relación con Dios también cambió. Antes lo buscaba solo cuando estaba roto. Hoy lo busco cuando estoy bien, cuando estoy en calma, cuando quiero conversar con Él. Nuestra relación dejó de ser una urgencia y se volvió una compañía. Y saber que no tengo que estar perfecto para acercarme ha sido de las cosas más liberadoras de mi vida.

Si algo aprendí este año es que los mejores y peores días tienen algo en común: ambos duran 24 horas. Nada es eterno, ni el dolor ni la alegría. Y por eso hay que estar despierto, atento, presente a lo que pasa dentro de uno. Sentir no te hace débil; evitar sentir, sí.

Este año me dejó una lección enorme: la vida cambia cuando decides dejar de esconderte. Cuando eliges sentir, aunque duela. Cuando eliges agradecer, aunque cueste. Cuando eliges crecer, aunque te dé miedo. La vida siempre estuvo lista para abrazarme. Yo solo necesitaba estar listo para abrazarla de vuelta.

 
 
 

Entradas recientes

Ver todo
2025

Hace un año estaba aquí, pero no estaba presente. Funcionaba. Cumplía. Respondía. Por fuera todo parecía en orden, pero por dentro vivía cansado, cargando cosas que no sabía dónde poner. Había días en

 
 
 
Uno nunca va a estar al cien

No porque no haga lo posible, ni porque no me observe, ni porque no quiera que esta vez sí funcione. A veces el problema no es la falta de intención, sino la carga con la que uno llega. La vida no te

 
 
 
Aprender a sentir sin huir

Veo mi hipersensibilidad no como un error, sino como una forma intensa de sentir la vida. No es que exagere, es que todo me atraviesa más. Siento la alegría fuerte. La tristeza hondo. El amor sin filt

 
 
 

Comentarios


bottom of page