2025
- Ram Barreda

- 31 dic 2025
- 2 Min. de lectura
Hace un año estaba aquí, pero no estaba presente. Funcionaba. Cumplía. Respondía. Por fuera todo parecía en orden, pero por dentro vivía cansado, cargando cosas que no sabía dónde poner. Había días en los que existir no se sentía como algo para disfrutar, sino como algo que había que resistir. Como si estar bien fuera una meta a la que solo llegas cuando ya no duele nada, cuando ya resolviste todo, cuando eres otra persona.
Este año entendí que eso no pasa. Que nadie llega limpio a nada. Uno nunca está al cien, ni para amar, ni para empezar de nuevo. No por falta de ganas, ni por no mirarse adentro. Simplemente porque vivir te deja marcas. Te deja personas que no se fueron del todo, conversaciones que nunca cerraron y versiones tuyas que aparecen sin avisar.
Aceptarme implicó dejar de mentirme. Dejar de contarme historias para no incomodarme. Perdonarme fue más difícil todavía: significó hacerme responsable de decisiones tomadas desde el miedo, de quedarme donde ya no cabía, de conformarme con migajas y de llamar amor a lo que era puro apego. Durante mucho tiempo creí que ser “difícil de querer” era un defecto, cuando en realidad era profundidad mal colocada.
Entendí que no estaba roto, estaba sobrecargado de expectativas irreales. Y entendí algo que no se puede esquivar: hoy soy responsable de mis actos. De lo que elijo, de lo que permito y de lo que repito. De las veces que me quedo sabiendo que debería irme. De las veces que callo. De las veces que me traiciono para sostener algo que ya se está cayendo.
Dejé de jugar a la víctima porque eso es jugar en modo fácil. Es cómodo, te da excusas, te deja señalar. Pero no te mueve. Hacerme cargo fue incómodo y solitario, pero fue lo único que me devolvió la dignidad.
Soltar la fantasía dolió más que soltar a las personas. Porque la irrealidad abriga, aunque mienta; y la realidad, aunque duela, no se negocia. Este año perdí personas que creí inamovibles, gente que era parte de mi identidad. Y sí, duele aceptar que algunas despedidas no tienen cierre, que la gente no se va porque tú falles, sino porque sus caminos cambiaron. Entender eso no quita el dolor, pero le quita el veneno.
Mientras unas se fueron, llegaron otras. Personas alineadas, presentes, reales. Gente que no pidió que me hiciera pequeño para caber, que llegó cuando dejé de buscar encajar y empecé, simplemente, a ser.
Hoy agradezco a mi familia. A quienes estuvieron cuando yo no sabía estar conmigo. A quienes fueron refugio sin exigir explicaciones. Gracias por ser raíz y el lugar al que siempre se puede volver sin miedo.
Cierro 2025 sin máscaras, sin victimizarme y sin prometer que todo está sanado. Lo cierro con más conciencia, responsabilidad y una esperanza distinta. No la ingenua de que todo será fácil, sino la certeza de que hoy tengo más claridad, más límites y más fuerza para elegir mejor. No perfecto. Mejor. Y con eso, hoy, es suficiente.
Comentarios